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Biografías

Miguel Covarrubias

(Ciudad de M√©xico, 1904-1957) Pintor, ilustrador y dise√Īador de decorados teatrales. Desde 1919 opt√≥ por el oficio de caricaturista, la primera de sus habilidades de las que se tiene noticia detallada. En la adolescencia su precocidad lo acerca al medio art√≠stico, y, con la timidez que refieren sus coet√°neos, frecuenta el c√≠rculo de Diego Rivera, el Dr. Atl, Roberto Montenegro, D√°vid Alfaro Siqueiros, Jos√© Clemente Orozco, Manuel Rodr√≠guez Lozano y Adolfo Best Maugard. Covarrubias es, por antonomasia, el Chamaco, el jovencito que prodiga caricaturas de artistas y figuras del espect√°culo, el que se educa en la ronda de conversaciones con los pintores y escritores, y en la frecuentaci√≥n de los "museos" en que para √©l se convierten los negocios de anticuarios y los estudios de pintores. All√≠ la observaci√≥n y el trabajo incesante formalizan su educaci√≥n informal.

En 1924 Covarrubias viaja a Nueva York, y allí el poeta José Juan Tablada lo ayuda a conseguir un empleo en el consulado de México y a trabajar en varias revistas. Antes de conocer al Who's Who de Nueva York, frecuenta a Rufino Tamayo, Carlos Mérida y Carlos Chávez, y comparte un departamento con Best Maugard. Lo ya apuntado en México -el brío y la sutileza para localizar los rasgos esenciales de los personajes- se desarrolla en Nueva York magníficamente. Covarrubias intensifica su conocimiento del arte contemporáneo, y ya no tiene dudas sobre uno de sus géneros específicos, el retrato "de elogio satírico" por así decirlo, donde combina la certeza en la significación del retratado o la retratada con el humor que lo caracteriza.

Us√≥ de la reproducci√≥n fidedigna o de la distorsi√≥n amable de las actitudes y las facciones y, siempre con √°nimo amable o cort√©s, relacion√≥ el dibujo con la imagen p√ļblica o con las caracter√≠sticas m√°s apreciadas de la obra de su objeto o sujeto. Covarrubias buscaba incorporar al manejo del rostro, la corporalidad y el vestuario algo del estilo de la persona, al tanto de que la fama es la segunda o primera piel. A √©l no le interesaba la crueldad dibuj√≠stica, y s√≥lo en los casos extremos (Hitler, Mussolini, Franco) a√Īadi√≥ el juicio moral, expresado a trav√©s de la constancia de los cr√≠menes.

El escritor y fotógrafo Carl Van Vechten, un promotor del Harlem Renaissance y de los artistas negros, de Paul Robeson a las cantantes de blues, se hace amigo de Covarrubias, lo lleva a las reuniones y las fiestas de Harlem, a los cabarets y al Apollo Theater, y lo recomienda en Vanity Fair, la publicación dedicada a imponer y ser la moda. En Vanity Fair, Covarrubias inicia series famosísimas, como Los diálogos imposibles (entre Shakespeare y la Metro Goldwin Mayer, entre Halle Selassie y el boxeador Joe Louis, entre Stalin y la modista Schiaparelli), y las caricaturas que antologa en su primer libro The Prince of Wales and other famous americans (1925), donde participa con alborozo de una tendencia de la época, el culto a las celebridades, las figuras "que nunca serán como uno", el poder de la notoriedad que emerge al abrigo de Hollywood, Broadway, el mundo deportivo y la necesidad social de un paisaje que hoy llamaríamos "icónico".

En Vanity Fair y en Vogue, √©l acude a la s√°tira y a la parodia, que domina como nadie, y sus caricaturas perduran. Aunque la mayor√≠a de sus retratados ya sean nombres borrosos, en la d√©cada de 1920 el anonimato se consigue al no ser caricaturizado por Covarrubias. Como suele suceder, estos dibujos se incorporan en definitiva al rostro p√ļblico del elegido, tr√°tese de Stravinsky, del director de orquesta Leopold Stowisky, de Picasso, o de John D. Rockefeller, entonces el industrial y banquero por autonomasia.

En su serie sobre la vida de los negros norteamericanos en Harlem y el Deep South, Covarrubias eleva el costumbrismo a su nivel más alto, y de hecho lo transforma. Es costumbrista porque capta y describe lo que sucede en los ghettos y porque el hacerlo fija y hace muy visibles los comportamientos y su espontaneidad, y esta precisión sorprende incluso y en primer lugar a los protagonistas.

Negro Drawings (1927), su recopilaci√≥n extraordinaria, es la genuina "presentaci√≥n en sociedad" de la formidable est√©tica que ya vierten en literatura Langston Hughes, Zora Neale Hurston, Countee Cullen y otros. Como ninguno, Covarrubias contribuye a revelar (inventar, organizar) la elegancia y la estilizaci√≥n notable de los negros, y en sus dibujos de bailes, el Cake Walk o el Lindy Hop, con el movimiento surreal de sus figuras, ofrece lo que se desplegar√° en las d√©cadas siguientes: la revelaci√≥n y la madurez de manifestaciones notables en la danza, la m√ļsica (el blues y el gospel, especialmente), el culto religioso como creaci√≥n de una sensibilidad colectiva que va de la plegaria al ritual vocal y danc√≠stico.

Covarrubias captura y elige la representaci√≥n m√ļltiple de la din√°mica, el v√©rtigo danc√≠stico, el donaire, la gracia insuperable, el refinamiento inesperado, el poder√≠o est√©tico que la palabra Harlem contiene y prodiga en esos a√Īos que reviven muy bien filmes como Looking for Langston y Brother to Brother, en la √©poca misma Hallelujah y Green Pastures y un poco m√°s tarde Cabin in the Sky y Stormy Weather. Sin condescendencia alguna, con el asombro que le causa una cultura absurdamente invisibilizada y despreciada, Covarrubias no se confina a los esplendores del "cuerpo negro"; viajero m√°s que frecuente, recorre el paisaje de los hacinamientos sociales, la variedad y las ambiciones de bailarines, prostitutas, g√°ngsters, empresarios, trabajadores, cantantes, m√ļsicos y parejas de amantes.

Tambi√©n se acerca a los servicios religiosos, a las hermanas en trance m√≠stico (el principio del pentecostalismo), a los predicadores. No obstante lo notable del trabajo de Covarrubias hasta su etapa final, sus series de los negros norteamericanos son la cima de su perfecci√≥n, donde confluyen la imaginaci√≥n, la exaltaci√≥n subversiva de la marginalidad y los trazos definitivos. Todo le concierne, La caba√Īa del T√≠o Tom, la cantante y bailarina Josephine Baker (a la que le hace escenograf√≠as y dibujos para Negro Revue), el contenido primordial de las danzas. Con Negro Drawings, tambi√©n √©l inicia su tarea de dibujante etnol√≥gico.

Vanity Fair afama a Covarrubias y lo sit√ļa destacadamente en el medio de Nueva York, la capital cultural del imperio en la etapa de la admisi√≥n inicial de los v√≠nculos entre la alta cultura y la cultura popular, entonces entidades separadas de modo tajante. En 1930, Covarrubias, reci√©n casado con la artista y bailarina Rosa Rolando, viaja a Bali, entusiasmado por los relatos de un para√≠so muy sofisticado a su manera. Luego, regresa en 1933, con una beca. En su obra sobre el pa√≠s, Island of Bali (1937), el propio Covarrubias dio cuentra de su intenci√≥n: "El √ļnico prop√≥sito de este libro es el de reunir en un volumen todo lo que se haya podido de la experiencia personal por parte de un artista que no es un cient√≠fico, acerca de una cultura viva condenada a desaparecer bajo la embestida de la comercializaci√≥n y la estandarizaci√≥n modernas."

Desde la perspectiva actual (y tambi√©n desde los juicios r√°pidos en 1930), Covarrubias es un "rom√°ntico", alguien que cree en las eternidades de la belleza y el sentimiento. Y en 1939, el a√Īo en que vuelve a M√©xico, ciertamente le impulsan las redes de la nostalgia y la urgencia de arraigar en espacios todav√≠a no adulterados. De all√≠ que √©l, tan genuinamente cosmopolita, se a√Īada al nacionalismo cultural de esa etapa. El t√©rmino nacionalismo cultural suele identificarse con el chovinismo, pero entonces, en lo b√°sico, es el gusto comunitario que intuye o descubre las energ√≠as depositadas en paisajes, costumbres, artes populares, creaciones ancestrales, todo lo desde√Īado por las m√ļltiples expresiones del racismo.

Impulsado por el ejemplo de Diego Rivera, Covarrubias viaja por M√©xico y re√ļne los materiales de M√©xico South (1946), otro de sus grandes libros, que varios expertos califican del m√°s importante, donde indaga en h√°bitos, costumbres, rituales, arte popular, centros ceremoniales, la cer√°mica y la escultura del arte antiguo. El libro, fruto tambi√©n del trato con arque√≥logos (Matthew Stirling y Alfonso Caso), corresponde a la vertiente en donde est√°n la exposici√≥n Veinte Siglos de Arte Mexicano de 1940, montada en el Museum of Moderm Art de Nueva York, sus indagaciones sobre cultura olmeca, su labor en las recuperaciones arqueol√≥gicas de Tlatilco, y su colaboraci√≥n con el INAH y el Museo Nacional de Antropolog√≠a, en donde monta dos exposiciones, M√°scaras mexicanas (1944) y El arte ind√≠gena de Norteam√©rica (1945). Infatigable, Covarrubias da clases en la ENAH, y contribuye a reorganizar el Museo y a reordenar las colecciones de bodega.

En 1950 el director del INBA, Carlos Ch√°vez, nombra a Covarrubias director del Departamento de Danza, y all√≠ estimula grandemente la etapa de recreaci√≥n nacional o nacionalista, con -entre otras- las coreograf√≠as extraordinarias de Jos√© Lim√≥n (La manda) y Gullermo Arriaga (Zapata). En especial, Zapata es el proyecto entra√Īable de Covarrubias, que inicia por entonces su relaci√≥n apasionada con la bailarina Roc√≠o Saga√≥n, en medio de los pleitos cada vez m√°s enconados con Rosa. Covarrubias sigui√≥ trabajando casi hasta el momento de su muerte, en 1957.